“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron.”
Hubo un momento en la historia del mundo en que un objeto se rompió — y al romperse, anunció el fin de un sistema entero.
No fue un palacio. No fue una estatua imperial. No fue un muro de ciudad.
Fue una tela. Una cortina gigantesca, pesada, tejida con lino fino, azul, púrpura y carmesí, en el templo de Jerusalén. Separaba el lugar santo del lugar santísimo — el espacio donde, según la Ley, solo el sumo sacerdote podía entrar, y solo una vez al año, solo con sangre.
Ese velo dividía al pueblo de Dios de la presencia de Dios. Durante siglos. Desde Moisés hasta el momento en que un hombre, clavado en un madero romano fuera de las murallas, gritó a gran voz y entregó el espíritu.
En ese instante — lee el texto — algo pasó en el templo. A distancia del Calvario. Sin mano humana. Sin explicación terrena.
Mateo 27 · 51“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.”
Por decisión divina
Y el texto griego tiene un detalle que el sistema religioso prefiere no subrayar.
De arriba abajo.
Literalmente: "desde arriba hasta abajo". No fue un rasgón desde el piso hacia el techo. No fue un rasgón humano, iniciado por un obrero con escalera. Fue un rasgón que vino de lo alto. Iniciado por Dios mismo, descendiendo desde la altura celeste.
Porque lo que el velo representaba — la separación — acabó de terminar por decisión divina. El acceso que estaba restringido por orden de Dios fue abierto por orden de Dios. Y lo abrió en el instante preciso en que su Hijo entregó el espíritu.
Libertad para entrar
El autor de Hebreos conocía bien ese velo. Y cuando toma la tradición judía del sumo sacerdote entrando al lugar santísimo, no la usa para recrear un ritual nuevo. La usa para demolerla.
Hebreos 10 · 19-20“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne.”
Léelo despacio.
Tenemos libertad para entrar. No "el sumo sacerdote tiene libertad". No "el pastor tiene libertad". Tenemos. Plural. Inclusivo. El pueblo completo.
Para entrar en el Lugar Santísimo. Al espacio más sagrado. Detrás de la cortina. Donde antes solo entraba un hombre una vez al año. Todos. Cada día. Cada momento.
Por la sangre de Jesucristo. No por tu esfuerzo. No por tu mediador humano. No por la unción de un clérigo. Por la sangre — la misma que también rasgó el velo — la misma que Cristo derramó al grito de entregar el espíritu.
Por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne. El velo rasgado es una imagen del cuerpo de Cristo rasgado en la cruz. La carne partida por los clavos. El cuerpo molido por el castigo. Es a través de ese cuerpo — y solo ese — que tú entras a la presencia de Dios.
Un velo de repuesto
Y aquí es donde el evangelio apostólico y el cristianismo ritual chocan frontalmente.
Porque si el velo está rasgado — de arriba abajo — por la sangre de Cristo — y si tú entras libremente al Lugar Santísimo por ese camino — entonces cualquier sistema que siga ofreciéndote un mediador humano está ofreciendo un velo de repuesto.
Y el Nuevo Testamento es rotundo. Pablo no deja lugar a esquives:
1 Timoteo 2 · 5“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.”
Uno. Singular exclusivo. No dos. No muchos. No uno más una red auxiliar. Uno.
Y entonces tú escuchas:
"Necesitas que un sacerdote interceda por ti para que Dios te perdone."
Cada una de esas frases es un velo de segunda mano. Tomando un trozo de la cortina que Cristo rasgó hace dos mil años, intentando coserlo para ofrecerlo de nuevo — ahora en versión cristiana, ahora con vocabulario evangélico, ahora con edificio moderno. Pero coser un velo rasgado por Dios mismo es pretender enmendar lo que Dios terminó.
Una palabra tectónica
Y la palabra que Hebreos usa para describir el acceso que tú tienes hoy al trono de Dios es una palabra tectónica.
Libertad. Pero no cualquier libertad. En el mundo griego antiguo, era la palabra que describía el derecho de un ciudadano ateniense libre para hablar en la asamblea pública sin temor. Con voz propia. Con igualdad ante todos. Con apertura total.
Esa es la palabra que Hebreos aplica a tu acceso al trono de Dios.
No susurras. No te acercas con vergüenza. No pides permiso al intermediario. No firmas el registro en el vestíbulo. Con libertad de ciudadano libre, entras al lugar donde mora el Altísimo, y hablas.
Porque Cristo — el único sumo sacerdote, el único mediador, el único camino — ya rasgó el velo.
No es que tengas un mediador entre tú y Dios. Es que Cristo es el mediador — el único.
Respira. No respondas rápido.
“Tu acceso al Padre por Cristo es directo, inmediato, filoso como el grito de Jesús en la cruz, eterno como la sangre que se derramó en el Calvario.”
No respondas rápido. Siéntate en la pregunta hasta que duela. No necesitas el velo. Cruza.